Retrocesos y desafíos en la democracia peruana y regional

La regresión de la democracia

Escrito por: Juan Carlos Paredes

Integrante de Somos Ciudadanía y Secretario General de JULAC.

Las sociedades del mundo nos encontramos navegando entre mareas inciertas. La estabilidad se ha convertido en una moneda de cambio con la que estamos dispuestos a ceder libertades fundamentales a cambio de falacias e ilusiones. En un mundo cada vez más caótico y polarizado, nuestras democracias se enfrentan a un retroceso constante. Lo que alguna vez parecía consolidado e inamovible se muestra ahora como un sistema frágil, cuya vulnerabilidad aumenta con cada elección, con cada crisis y con cada promesa de “orden” y “seguridad”.

Esta fragilidad no es exclusiva de una región. Por el contrario, su espectro recorre desde los países considerados más democráticos hasta aquellos que ya viven bajo regímenes autoritarios. Ejemplos recientes muestran que ni siquiera las democracias con tradiciones robustas están exentas de las sombras de la inestabilidad. Corea del Sur, indiscutiblemente democrática, ha sido testigo de tensiones internas que desafiaron sus estructuras políticas, mientras que la represión en Georgia a manos de fuerzas extranjeras evidencia la fragilidad de la soberanía popular. Francia, un país con un sistema históricamente estable, experimenta convulsiones políticas que alimentan un malestar social crónico. En tanto, en Sudán, el mundo contempla con indiferencia el silencioso exterminio de una población entera, dejando en evidencia cómo la humanidad puede ignorar tragedias que afectan a los más vulnerables.

Sin embargo, en este panorama de crisis global, América Latina ocupa un lugar especialmente complejo. De acuerdo con el índice de Democracia publicado por The Economist Intelligence Unit este año, nuestra región es un microcosmos de contradicciones democráticas. En ella conviven democracias sólidas, como las de Uruguay y Costa Rica, con regímenes autoritarios como Cuba, Nicaragua y Venezuela, y el caos absoluto de un país colapsado como Haití. De los 24 países evaluados, 16 registraron un declive en sus puntajes, evidenciando que el 66,6% de las naciones de la región se encuentran en retroceso. Los datos son contundentes: poco más del 1% de la población latinoamericana vive en una democracia plena; el 54% reside en democracias defectuosas, el 35% en regímenes híbridos y un preocupante 9% en regímenes autoritarios.

Estos números no son meras estadísticas, sino una radiografía del descontento y la desconfianza ciudadana. En tiempos donde el discurso populista gana terreno, las instituciones democráticas tambalean y las promesas de soluciones fáciles seducen a grandes mayorías. La corrupción, la desigualdad y la falta de oportunidades han erosionado la confianza en los sistemas políticos, generando un caldo de cultivo para propuestas autoritarias que disfrazan la centralización del poder como eficiencia.

Es importante reconocer que este retroceso no ocurre de la noche a la mañana. La democracia no se desmorona de forma abrupta; su deterioro es un proceso gradual. La apatía ciudadana, la normalización del discurso autoritario y la fragmentación social son solo algunas de las señales tempranas de un sistema que comienza a resquebrajarse.

Frente a este panorama desolador, ¿qué podemos hacer? La respuesta no reside en el pesimismo, sino en la acción. La esperanza, como afirmaba Paulo Freire, no es un acto de espera pasiva, sino un llamado a la movilización. Es desde nuestros espacios individuales y colectivos donde debemos actuar como defensores incansables de los principios democráticos. Las pequeñas acciones, como la participación ciudadana, la vigilancia a nuestros gobernantes y la defensa de los derechos humanos, se convierten en pilares fundamentales para resistir las embestidas del autoritarismo.

La educación también juega un rol esencial. Una ciudadanía informada y crítica es la mejor garantía para fortalecer nuestras democracias. En tiempos de desinformación y noticias falsas, la verdad debe ser una herramienta para combatir la manipulación. Es imperativo fomentar el pensamiento crítico, especialmente entre las nuevas generaciones, para que puedan discernir entre propuestas populistas y soluciones verdaderamente democráticas.

Por otro lado, los liderazgos responsables y comprometidos con la institucionalidad son fundamentales. La región necesita gobernantes que comprendan que la democracia no se limita a un proceso electoral, sino que implica el respeto constante a los derechos y libertades de sus ciudadanos. La tentación autoritaria puede ser poderosa, pero corresponde a las sociedades exigir transparencia, equidad y justicia en todo momento.

Como sociedad, debemos ser un muro de contención sólido contra el populismo y el autoritarismo. La defensa de la democracia no es un ideal abstracto, sino un compromiso diario. Es en los momentos de mayor incertidumbre cuando más necesitamos aferrarnos a los valores democráticos, porque, al final del camino, son ellos los que nos permiten construir sociedades más justas, equitativas y humanas.

La esperanza, entonces, no es simplemente esperar tiempos mejores. Es actuar, organizarnos y creer en la posibilidad de transformar la realidad. Porque, como bien sabemos, la historia no la escriben los que observan desde la comodidad, sino aquellos que deciden luchar por lo que creen. Y es precisamente en este cambio de era, más que nunca, en el que debemos luchar por la democracia.