Escrito por: Lesly Gonzales.
La corrupción y los índices de desconfianza son cada vez más elevados, de hecho Perú es uno de los países con mayor desconfianza en la región, según el estudio de la ONG Latinobarómetro 2024. Estos resultados también han sido compartidos por Infobae, resaltando que es el país que menos confía en su propio Congreso y Presidenta. Así pues, esto revela la mala imagen que tienen los ciudadanos de sus autoridades, además de que creen que no están buscando el bien colectivo y que todos o la gran mayoría son corruptos.
Todo esto se respalda con las denuncias interpuestas y los graves delitos cometidos como enriquecimiento ilícito y tráfico de influencias, instando en una conexión de la administración pública con la criminalidad organizada. Lo cual resquebraja aún más la relación con el sector público, además de que repercute directamente en el interés de las personas por los asuntos políticos, puesto que creen que el ejercicio de ello solo es en la elección de autoridades cada cuatro o cinco años, además afecta el ejercicio activo y correcto de sus derechos, ya que evitan realizar denuncias o reportar problemas locales así como participar o crear soluciones. Esto perpetúa la inestabilidad política, la insatisfacción social y la crisis económica, limitando el desarrollo y desenvolvimiento pleno de las personas y el de sus proyectos de vida bajo condiciones idóneas y dignas.
Pero esta desconfianza no es solo a nivel gubernamental sino también entre los propios ciudadanos. Según el INEI, muchas personas han sido víctimas de robos, amenazas, extorsiones, secuestros y delitos informáticos en los últimos 12 meses. Esto no solo afecta la seguridad, sino también las relaciones interpersonales (cómo nos relacionamos), ya que solo el 17% de los peruanos cree que se puede confiar en otros, según Ipsos en el 2022. Esto deja en evidencia una clara ausencia de valores en la sociedad en general y una preocupante alarma sobre qué estamos aprendiendo, qué actitudes estamos reforzando, qué es la ética y si somos capaces de diferenciar algo tan básico como lo qué es correcto o no.
Frente a esta realidad, la participación ciudadana emerge como una herramienta clave. Conocer las funciones y responsabilidades de nuestras autoridades locales es fundamental para enfatizar el cumplimiento de sus labores. Muchas personas desconocen, por ejemplo, que temas como el alcantarillado están bajo la gestión de empresas privadas y no del Estado.
Asimismo, es importante que realicemos un seguimiento presupuestal como en la compra de implementos para patrullajes o videocámaras y a través de la rendición de cuentas anual, promover los planes de acción y exigir un trabajo más articulado entre cada institución. En esa misma línea recalcar que es total responsabilidad de los encargados difundir y enfocar la información de manera clara, precisa y entendible para cada realidad, contando que muchos no tienen internet, luz, medios digitales o hablan otros idiomas como el caso de Lambayeque donde en Incahuasi se habla quechua. Ambos trabajos permitirán empoderar a la población.
Otro punto a considerar sobre el mismo estudio son las diferencias entre hombres y mujeres sobre esta percepción de confianza. Las mujeres enfrentan retos específicos en esta crisis. Solo el 15% confía en otras personas, frente al 21% de los hombres. Esta brecha está ligada a los altos niveles de violencia de género, incluyendo acoso, hostigamiento y violencia doméstica que junto a la falta de justicia efectiva impartida hace que muchas sobrevivientes no denuncian debido al miedo y la desprotección. Por ello, se necesitan acciones preventivas que involucren a todos y promuevan la equidad, la seguridad y el cuidado de la salud mental como pilar, dado que muchos de estos casos son percibidos, pero nadie hace algo al respecto, además estas iniciativas deben fomentar la participación continua y activa para construir entornos más seguros y equitativos.
Finalmente. La pobreza, que afecta a uno de cada tres peruanos según el Banco Mundial, agrava estos problemas. Esto subraya la necesidad de trabajar en las causas estructurales de la inseguridad y continuar trabajando en una cultura de prevención que aborde no solo las consecuencias, sino también las raíces de la problemática. Así pues, sólo entendiendo el trasfondo de estas situaciones será posible desarrollar soluciones efectivas y duraderas para la construcción de una sociedad más segura con el compromiso activo de todos: ciudadanos, autoridades y organizaciones.



